Panamá ha dado un paso estratégico al convertirse en miembro asociado del Mercosur, lo que abre nuevas posibilidades para diversificar su economía, atraer inversión extranjera y consolidarse como plataforma de servicios y comercio en América Latina. Esta decisión llega en un momento clave, tras un 2024 marcado por ajustes y tensiones sociales, donde el país busca retomar el crecimiento económico. Con un PIB que creció 2.9 % y exportaciones aún por debajo del 2 % del PIB, la apertura hacia un mercado de más de 300 millones de habitantes representa una oportunidad para ampliar destinos comerciales y fortalecer sectores como logística, finanzas y transporte.
Sin embargo, la integración también plantea retos importantes. La competencia con economías más grandes y subsidiadas podría afectar al agro panameño, especialmente a productores de carne, leche y granos. Además, la volatilidad política y económica del bloque, sumada a los costos regulatorios de adaptación, exige una planificación cuidadosa. Alinear normas técnicas y sanitarias podría generar más trámites si no se gestiona con eficiencia, y la falta de apoyo a sectores vulnerables podría aumentar la desigualdad rural.
Para que esta alianza se traduzca en desarrollo real, Panamá debe combinar apertura con estrategia. Esto implica fortalecer el capital humano, modernizar instituciones y mantener un diálogo constante entre el sector público y privado. La experiencia de países como Chile y Uruguay demuestra que una integración bien gestionada puede impulsar el crecimiento sostenido. Panamá tiene la oportunidad de convertirse en un puente entre el norte y el sur del continente, siempre que actúe con inteligencia, equilibrio y visión de futuro.
Por: Camilo Carpintero
